Poiesis, Producción literaria

viernes, 15 de agosto de 2008

El quiasmo

Maximiliano Basilio Cladakis

- ¡Estos tipos son unos hijos de puta!

Las palabras de Diego resonaron como un trueno en medio de ese bar de la calle San Lorenzo. Varios de los demás clientes lo miraron de soslayo. Se notaba que la frase no les había resultado simpática. Sin embargo Diego no parecía percatarse de ello; toda su atención recaía sobre el corte de ruta que mostraba una televisión ubicada a unos dos metros del suelo, en una de las esquinas del negocio.

- ¡Estos tipos son unos hijos de puta!- repitió una vez más.

- Calmate un poco y tomate el café. Se te va a enfriar- le dijo Pablo riéndose del ataque de visceralidad del otro muchacho- No te pongas tan nervioso.

- ¿Qué me calme? ¿Que no me ponga nervioso?- preguntó Diego alarmado- Estos tipos…

- Si, ya sé…son unos hijos de puta- le interrumpió Pablo divertido.

Diego refunfuñó y encendió un cigarrillo. Las cámaras de televisión dejaron de mostrar la protesta que hacía ya varias semanas estaba paralizando a la Argentina. La atención de los televidentes ahora se centraría en los resultados de la última fecha del torneo local de fútbol.

- Es indignante- comenzó a decir Diego , pero ya no en un tono efusivo sino más bien reflexivo- Cuando un pobre “corta” dos horas la calle para pedir trabajo es un “piquetero”, alguien que no respeta el “derecho” de “libre transito” de los demás, alguien que está cometiendo un “delito”… pero, en cambio, cuando los propietarios, los “dueños” de la tierra, los ricos, “cortan” una ruta nacional durante dos meses extorsionando al Estado con la amenaza de desabastecer al país si sigue con la intención de aumentar las retenciones a la exportación…se trata de “ciudadanos manifestándose”.

Apuró un trago de café y continuo:

- Los medios de comunicación… muestran a estos tipos como el “campo” y la gente lo asocia con algo popular…Pero son tipos de guita, de mucha guita…

- Puede ser que sean de guita- dijo Pablo- sin embargo los comprendo… si yo estuviera en su lugar tampoco me gustaría que me metan la mano en el bolsillo de esa manera…

Diego sonrió.

- No sé porqué pero me imaginaba que ibas a estar con el llamado, mal llamado obviamente, “campo”…

- Yo no estoy con nadie… sólo digo lo que me parece… la política no me interesa.

Diego alzó las cejas extrañado.

- Aristóteles decía…

- Sé muy bien lo que decía Aristóteles- dijo Pablo sin dejar terminar de hablar a su compañero, cortando ya la charla, dejando atrás las sonrisas y los chistes- Pero ahora tenemos que hablar de Filosofía Moderna, no de Filosofía Antigua. El examen es pasado mañana ¿te acordas?- y antes de acabar de decir estas palabras se dispuso a mirar unas fotocopias que estaban sobre la mesa.

- Sí, tenés razón- respondió Diego volviéndose hacia otro grupo de fotocopias a pesar suyo, con más ganas de proseguir con la discusión sobre política nacional que de estudiar para el examen.

Sobre la mesa, junto a las dos tazas de café y el cenicero, los nombres de Descartes, Hume, Spinoza, Kant y Hegel desfilaban entre incontables hojas. Se trataban casi enteramente de fotocopias pero había entre ellas tres libros propiamente dichos: las Meditaciones metafísicas, el Tratado teológico-político y la Fenomenología del Espíritu. Todo eso era el material de cátedra completo de Historia de la filosofía moderna, el cual entraría en el examen del miércoles. Ambos muchachos hurgaban entre los papeles, mascullando por momentos algunas reflexiones en voz baja, subrayando unas oraciones, realizando anotaciones a los costados de los textos. Tanto el uno como el otro estaban absolutamente compenetrados en su tarea, ensimismados en aquella lectura compleja, vertiginosa, abismal. Sin embargo la manera en que lo hacían difería con notoriedad. Mientras Pablo mantenía el ceño fruncido y sólo de tanto en tanto hacía un leve movimiento de labios, Diego gesticulaba, lanzaba sonrisas repletas de ironía como si estuviera burlándose de algunas cosas que leía, y, por sobre todo, fumaba un cigarrillo tras otro.

Al cabo de media hora, Pablo levantó la cabeza y se volvió a dirigir a su compañero.

- Bueno, si hay algo que me queda claro es que Descartes es el padre de la modernidad y que su pensamiento atraviesa la obra de todos los pensadores posteriores a él. El cógito cartesiano funda a la modernidad.

- Sí, es verdad. Por suerte luego llegó Hegel- respondió Diego a la vez que encendía un nuevo cigarrillo.

Pablo se quedo mirándolo con un gesto de asombro e incomprensión.

- No me mires así, lo que digo es cierto. Las Meditaciones metafísicas y el Discurso del método son muy claros; Descartes, sentado frente a la estufa, inicia su monólogo intelectual buscando una certeza irrefutable. Se “da cuenta” entonces que puede dudar de todo, salvo de que está dudando, si está dudando esta pensando, por lo tanto llega a la conclusión de que existe. Cógito ergo sum. Esa es la sentencia máxima de la modernidad. A partir de ella aparece la idea de un sujeto universal, absoluto, puramente racional. Ni Kant, ni Leibnitz, ni Spinoza pueden escapar de ella. Hubo que esperar hasta Hegel. Por supuesto luego vinieron Marx y, más tarde, Sartre, pero es Hegel el que les abrió la puerta.

Pablo quedó en silencio unos segundos mirando fijamente a Diego hasta que finalmente preguntó:

- Y… decime… ¿Por qué habría que escapar del cógito cartesiano? ¿Es alguna especie de monstruo?

Diego entrecerró los ojos.

- No sé si llamarlo “monstruo”; de lo que sí estoy seguro es que no se trata de otra cosa que de la sublimación filosófica de la burguesía. Un individuo aislado, que existe “por sí mismo”, independiente de todo, acabado, completo. Es en esa concepción del sujeto en la que se va a basar toda la política y toda la economía burguesas; es el fundamento metafísico del individualismo liberal.

- Bueno- Pablo sonrió maliciosamente- Así que Descartes era un solamente un propagandista del capitalismo… ¡Qué bárbaro!... ¿Te lo enseñaron en el Partido?

- No, ya que no estoy en ningún “Partido”- respondió en tono seco- Pero lo que digo es cierto, Hegel lo demuestra muy bien en la dialéctica del amo y del esclavo. El sujeto surge de la lucha por el reconocimiento, como luego dirá Marx, la primera conciencia es la “conciencia social” ya que no puede haber un “yo” sin un “tú”. La conciencia es, pues, punto de llegada, no de partida.

- Así y todo, creo que el argumento de Descartes es lógica y metafísicamente perfecto - replicó Pablo.

Diego lanzó una bocanada de humo y sonrió.

- “Lógica” y “metafísicamente” se puede afirmar que los centauros existen y que son muy bellos, pero eso no implica que en verdad existan… ¿o te parece que sí existen?

- Descartes no habla de centauros- proclamó Pablo, algo fastidiado- ¿Acaso no existe el “yo”? ¿Dudás de tu propia existencia? En el caso que así fuera te recomendaría que vayas a ver a un psiquiatra.

- Es obvio que yo existo, pero Descartes cuando se pregunta “qué soy”, da como respuesta: “una cosa pensante”. Eso es lo que no existe, la mera “cosa pensante” que existe “por sí misma”. “Yo” existo, por supuesto, pero en tanto haya otro que me reconozca, que me defina. Sartre pensaba que sin la mirada del otro no soy nada, y tenía razón. Hegel y Marx estarían absolutamente de acuerdo con él.

Pablo se echó a reír.

- ¿O sea que yo no existiría si vos no me estuvieras mirando?

- Algo así. No hay ningún Pablo Luciano Oronel aislado del mundo, no hay algo así como una “cosa pensante” que sea Pablo Luciano Oronel. Pablo Luciano Oronel, esta todo “ahí”, frente a mí, constituido por su manera de relacionarse con los otros, con el mundo. Pablo Luciano Oronel es un estudiante de filosofía, con dos hermanos, cuyo padre es abogado y cuya madre se dedica a los negocios inmobiliarios, que se preocupa por aprobar el examen de Filosofía Moderna y que dice que la política no le interesa pero que en su supuesta “apoliticidad” está del lado del “campo”, lo que en este contexto es estar del lado del poderoso; Pablo Luciano Oronel hace, por tanto, política desde el lado del “amo”.

- ¡Yo no hago “política” ni me interesa hacerlo! Te lo acabo de decir- Le respondió Pablo, ofuscado, levantando la voz por primera vez en lo que iba de la tarde- Yo, Pablo Luciano Oronel, no estoy ni con el “campo”, ni con el “gobierno”, ni con la izquierda ni con la derecha, yo pienso por mí mismo y digo lo que a mí me parece. Te queda a vos entenderlo o no. Pero yo soy yo, y vos no sabés mejor que yo lo que yo soy. Antes de analizarme a mí, porqué no te analizas a vos mismo. Los zurdos siempre hacen lo mismo.

Diego se quedó unos segundos en silencio, observando detenidamente al otro muchacho. Pablo estaba colorado y su mirada ya no era la tranquila mirada habitual; incluso las manos parecían temblarle. Él también miraba a los ojos a Diego y lo hacía de manera desafiante, combativa.

Diego bajó la vista y mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero dijo:

- Si vos sos vos, si tu ser no depende de ¿Por qué te enojás tanto?¿Por qué necesitás justificarte ante mí?

Pablo se levantó de la silla.

- Voy al baño.